lunes, 6 de julio de 2015

Gracias por continuar.


CAPÍTULO 4
SEGUNDA PARTE.
Mi infancia
Debido a los problemas de la violencia que se desató en el país por la muerte del caudillo Jorge Eliécer Gaitán y por otros motivos, mi familia tuvo que trasladarse a Cartagena. Tendría yo por entonces menos de dos años de edad pues era un niño de brazos. Uno de esos viajes (el de ida o el de regreso) se hizo en bus, el otro se hizo en lancha. El del bus lo recuerdo porque mi mamá parece que me acostaba sobre el piso del vehículo y yo solo veía las piernas de las personas, sentía el traqueteo del bus y una mosquitera bestial. Del viaje en la lancha recuerdo las campanillas que anunciaban la hora de la comida, después de la cual papá nos reunía junto a la borda para lanzar restos de comida al agua y así mostrarnos los tiburones.

De esa casa donde vivíamos en Montería recuerdo que por el frente pasaba un río y yo corría por su orilla siguiendo los papeles y hojas que arrastraba la corriente. Siempre me ganaba mis regaños y palmadas por hacer eso. Cincuenta y pico de años después que regresé para mostrarle a mi hijo Leonardo dónde había nacido yo, vi con asombro que dicho río no era más que una zanja de un metro de ancho.
También recuerdo que mi papá me llevó de la mano una mañana a una tienda (debió ser un domingo) y vimos el cadáver de una persona, creo que era un soldado, tirado en medio de un charco de sangre.
Después tengo otro recuerdo en esa misma casa pero ya con cuatro o cinco años de edad. Recuerdo de mi primer acto sexual. Un tío de mi papá, el mocho Movilla, como se le conocía, su esposa y tres de sus hijas llegaron de visita esa tarde. Ellos charlaban en la puerta y nosotros jugábamos en la sala al papá y a la mamá y hacer lo que papi y mami hacen. Recuerdo que en determinado momento sentí unas intensas ganas de orinar pero no evacuaba. Debió ser cuando alcance el clímax, digo yo.
En el siguiente recuerdo me veo embarcado en una canoa frente al mercado de Montería, solo y sin saber cómo, ni cuándo ni por qué. No estaba papá, ni mamá ni mis hermanos, sólo una señora que nunca había visto (mi tía Gladis) y que en tono enérgico me dijo: “siéntese ahí y quédese quieto”. Luego sentí que la canoa se movía y recordé las hojas que correteaba en el arroyito frente a la casa, pero ahora yo iba montado sobre la hoja.
Después de un viaje que me pareció eterno y aburrido donde sólo veía tierra y árboles en las orillas y una que otra garza, llegamos al puerto de Lara. Desembarcamos y continuamos a pie por unos pajonales inundados, a veces el agua me llegaba al pecho. De pronto me horroricé. Muy cerca de nosotros estaban unas enormes bestias, unos dinosaurios. Alguien dijo: “tengan cuidado con el ganado”.
Por fin llegamos a un pueblo y entramos a una casa. Hablaban y se saludaban. De pronto una enorme señora con una gran sonrisa se acercó a mí, me levantó como a una pluma y me acomodó en su cintura, al lado de su voluminoso vientre. “Este es…” “Jorgito” se apresuró a decir mi tía. “Salude a su abuela” me dijo. Yo no recuerdo si la saludé, estaba ido, no entendía nada y no sabía por qué estaba ahí. Un buen rato después pasamos a otra casa, la de mi tía abuela Chana. Aquí me saludaron muchas personas, saludaron porque yo no era capaz de decir una palabra. Recuerdo la sonrisa y el saludo dulce de mi tía Chana. Parece que tenía una dulzura y paciencia tan grande como su voluminoso cuerpo.
Me instalaron definitivamente en casa de mi tía abuela Veo. Ahí no causé ningún comentario ni bueno ni malo, aunque yo creo que tampoco oía en esos momentos. Estas tres hermanas vivían en casas contiguas y eran muy, pero muy gordas, como 150 kilos cada una. Chana era la más gorda y la más blanca, tan alta como mi abuela. Veo era bastante baja y morena como mi abuela, parecía que iba a rodar. Por qué fui a parar allá no lo supe sino años después, ya adulto, en una reunión familiar con mis hermanos y mi mamá. Ella explicó que yo era muy callejero, cosa que yo no recuerdo y que mis hermanos no creyeron. Lo cierto es que parece que pensaban dejarme allá. Nosotros éramos muchos, en ese momento 9 hijos.
Pasaron los días y yo seguía con mis sentimientos iguales, pero poco a poco fui viendo, descubriendo cosas bellas, muy hermosas que también grabaron recuerdos placenteros en mi mente, en mi alma y mi corazón. Recuerdos tan agradables que me inspiraron a escribirlos y narrarlos. Porque es comparar la madre naturaleza, con sus cosas simples pero maravillosas, con la tecnología actual y sus sofisticados artefactos.

El pueblo de Severá
Ahora hablaré del pueblo de mi mamá, Severá. Es un pueblo común, pero con cosas que lo hacen muy singular. Mis hermanos dicen que allí debió existir el paraíso terrenal. Y yo creo que sí. Hay un riachuelo de aguas mansas, con una corriente casi imperceptible. En ambas orillas se levantan las casas a todo lo largo, de manera que se hablaba de los de arriba y los de abajo. En la parte de arriba y en una sola margen se levantaban cuatro o cinco manzanas de casas alrededor de una plaza donde se celebraban corralejas (corridas de toros) Las casas que se alineaban a lo largo del río seguían prácticamente el mismo patrón. Las de mi abuela y mi tía Chana ocupaban un lote de unos 40 metros de frente por unos 60 de fondo. Mi tía Veo, que tenía más tierras, ocupaba un lote más o menos igual. Cada lote tenía una casa orientada a lo largo del río, o paralela a éste, con una sala central y dos cuartos laterales, techo de palma, paredes de tabla y el piso, donde mi abuela y mi tía Chana de tierra, donde mi tía Veo, más acomodada, era de cemento. La sala de mi abuela no tenía paredes, pero sí una mesa, varios taburetes y una hamaca. Ahí entraba cualquier persona a reposar un rato, charlar y calmar su sed. Donde mi Tía Chana la sala le servía de sala de costura ya que ella se dedicaba a eso. En ella tenía su máquina de coser, una Singer (negrita ZZ) y un banquillo como de metro y medio de largo donde ella se sentaba a coser. A la sala de mi tía Veo nunca le vi la puerta que daba a la calle abierta, solo se abría la posterior. En esta sala estaba un estante donde descansaba la tinaja con el agua para beber de la familia. Perpendicular a la sala de mi abuela había otra casa de palma que hacía de cocina. Donde mis tías había otra casa pero paralela a la anterior, en piso, sin paredes y muchos taburetes, una o dos hamacas; esa era la casa de estar e igualmente como donde mi abuela, ahí llegaba Raimundo y todo el mundo. Donde mi tía Veo esta casa tenia cielo raso, sí, cielo raso, pero hecho de “puños de arroz”. El arroz segado se unía por la espiga haciendo un manojo de
unos 10 cm. de diámetro (esto es un puño) luego se unía a otro puño con una pita y se atravesaban en un listón y así se formaba el cielo raso. El alero de esta casa que daba al patio estaba tachonado con racimos de toda clase de bananas, tan apretujados que parecían
una cornisa. Ahí encontraba usted manzano (platanito), el quinientos (guineo), cuatro filos o papoche y el cura, un guineo morado y muy dulce, pero que debía consumirse con cuidado porque fácilmente le causaba una diarrea. Cualquier visitante saludaba, escogía su taburete o hamaca y mientras charlaba iba y cogía cuantas bananas quisiera y pudiera comer mientras hablaba del motivo de su visita. Si usted se comía 10 o 20 bananas no importaban, pues era mejor que usted se hartara medio gajo y no tener que barrerlas al día siguiente.
Perpendicular a esta sala de estar estaba la cocina, con su hornilla y sus dos fogones de bindes. A unos dos metros detrás de la cocina empezaba el corral para el ganado, que tenía unos 40 metros de fondo por unos 40 de ancho.
Al lado derecho de estas casas estaba un chiquero y un pequeño corral donde se encerraban los terneros durante la noche, para que no se mamaran la leche. Entre el chiquero y el corral de los terneros había una casa que los dividía y donde había un silo (un furgón de madera) donde se guardaba el maíz. En mitad de la sala de estar y hacia el patio había otro silo que guardaba el arroz desgranado. En una esquina en la parte de atrás del corral había un palo de una fruta llamada “limón de España”. Este fruto era tan grande como una toronja pero más ácido que un limón, por lo que no se usaba. Nunca más he visto esta fruta. A la mitad de la parte posterior del corral había un portón que daba a un callejón de unos 500 metros de largo y unos 3 de ancho por donde se arriaba el ganado hasta los potreros. Al lado derecho de este callejón estaba el platanal, como de una hectárea de tierra. En el centro de este platanal había una mata de lata, la de corozo grande, y un sembrado de hojas de vijao.
De la mata de corozo puedo decir, además de que su fruto es muy sabroso, que es el lugar predilecto por las avispas para hacer su panal ¿Alguna vez lo ha picado una avispa? Pues créame lo que le contaré: por ignorancia y necedad me puse a dispararle con una onda a un panal. Los guijarros eran bolitas pequeñas de barro seco, así que hice varios huecos al panal. Yo estaba sin camisa y veía como las avispas salían e iban cubriendo el panal que de color marrón pasó a negro muy rápidamente. De pronto vi cómo se desprendían del panal formando un haz. No sé por qué, pero empecé a correr por entre las matas de plátano. Muy tarde, ese chorro de avispas me alcanzó y me dejaron la espalda muy adolorida, muy hinchada y enfermo por varios días.
Ese tipo de corozo es grande, casi como un huevo de gallina y tiene un coco sabroso y grande. Tampoco he podido ver ese corozo otra vez.

Al lado de la mata de corozo estaban las matas de vijao, donde tenía que ir casi todas las tardes a buscar hojas que usaban para tapar el caldero del arroz. Cuando el arroz comenzaba a secar se le ponían las hojas de vijao y sobre estas una tapa de olla y sobre la tapa unas piedras como pesas. Yo era muy miedoso, bueno, todavía lo soy, cuando estaba en ese platanal me invadía el miedo, pero igual tenía que ir. Ya en el vijao me entretenía chupando las florcitas de esta planta, de donde extraía un líquido muy delicioso ¡Que inocencia! Pude pagar caro mi dulce entretenimiento. Hace pocos años vi en un programa de televisión de Discovery Channel, cómo los murciélagos llegan de noche a chupar también el néctar de estas flores.

Al lado del platanal y separado por el callejón estaba un terreno que se dividía en dos. El primero estaba a continuación del corral y el lote de mi tía Chana, unos 150 metros de ancho y unos 250 de fondo donde se sembraba yuca y a continuación de ésta, se sembraba maíz.

Del terreno del yucal me cedieron una parcela de unos 4 x 10 metros más o menos que me hizo muy feliz. Ahí sembré ñame y yuca. No se imaginan cuánta emoción y cuánta alegría me embargaron el día que vi cómo se asomaban los primeros tallos de ñame de mi rosa, en mi parcela. Todavía lo recuerdo, hojitas de un verde casi fosforescente. Día a día contemplaba como iban creciendo esas enredaderas, como se entrelazaban y como salían más y más hojas. Pero cosa curiosa, no recuerdo haber visto mis ñames. Para sembrar ñame se escoge la cabeza de un ñame y se entierra casi a ras de tierra y sin apretar mucho. Riegue un poco y verá que rápidos aparecen los tallos. La yuca se siembra usando un canuto (un pedacito de tallo o pie), se entierra un poco inclinado dejando un pedacito afuera, como una pulgada. Por supuesto, como todos los sembrados, hay que cuidarlos evitando que la maleza se los trague, o un puerco.

La siembra del maíz también es muy emocionante. En ese entonces se usaba la “quema”. El terreno donde se iba a cultivar se preparaba así: primero entraban los jornaleros y a punta de machete y hachas cortaban todos los árboles, matas y hierbas del terreno. Luego de varios días de sol todos esos vegetales estaban secos y se procedía a la quema. Para evitar accidentes se estudiaba en qué dirección soplaba el viento y si lo hacía de sur a norte, por ejemplo, se iniciaba la quema por el sur para que el fuego avanzara hacia el norte. El fuego se iniciaba por las puntas primero y después por el centro para que avanzara en forma de media luna.
Ese día de la quema realmente era un día de fiesta. Mucha gente de esa hacienda y de otras llegaba a la quema y se ubicaban en el lado opuesto al fuego, armados con machetes y palos, listos para capturar sus presas, sí, porque de ese terreno salían muchos animales como conejos, guartinajas, ñeques, zorras, hicoteas, muchas culebras, armadillos y a veces hasta venados. El botín era grande y el calor insoportable. Alrededor del terreno a quemar se dejaban franjas de tierra libres de hierbas y palos que pudieran extender el fuego a otros lugares. Escuché cuentos sobre personas que quedaban atrapadas por el fuego y también de algunos imprudentes que se adentraban a buscar presas. Al día siguiente de la quema, la gente entraba al terreno a buscar más presas, que casi siempre resultaban ser hicoteas que no pudieron escapar.
Se limpiaba el terreno del resto de palos y malezas y quedaba listo para la siembra. Una lluvia unos días después de la quema era toda una bendición ¡Qué olor! Qué aroma tan placentero el que expedía ese terreno al recibir la lluvia, como un preludio de la abundante cosecha que vendría. Jamás olvidé ese olor a tierra con cenizas mojadas. Ya se tenían las semillas listas. Cada sembrador (yo también lo hice) llevaba un canasto de mimbre con dos o tres libras de maíz colgado del hombro y una estaca -un palo con una punta- Se enterraba el palo en la tierra abriendo un huequito como de unos cinco cm. de profundidad y se echaban de tres a cinco granos de maíz y luego se tapaba el hueco con el pie pero sin apretar mucho la tierra. Este procedimiento necesitaba cierta pericia, pues usted no podía perder el tiempo agachándose, tenía que echar los granos con precisión, sin dejar ni uno afuera. Primero por economía y segundo porque muchos animales detectaban estos granos y sabían que ahí enterrados había más granos y arruinaban la cosecha. Unos cuantos días más y qué hermosura de terreno, qué lindas se ven las maticas de maíz, tan tiernas, tan verdes. Y qué provocativas para muchas aves. Las matas empiezan a crecer en hileras, separadas por pocos cm. Hay que protegerlas cortando la maleza y retirándolas.

Ahora viene la primera recolección de la cosecha, el maíz blandito. Sencillamente delicioso hasta crudo. Usted arranca la mazorca, la pela, le mete el diente y qué delicia masticar esos gránulos lechosos. Con el maíz blandito se puede hacer de todo, pero para mí no hay como una mazorca azada o una totuma de mazamorra.

Cuando ya el maíz empieza a endurecer aparecen las plagas, una de ellas son los loros. Había que espantarlos. Mi primo Luís, hijo de mi tía Veo, y en ese entonces como de 20 o 25 años, me llevaba con él a espantar y cazar loros. Llevaba una escopeta de regadera. El cartucho, como de 6 cm. de largo por 1 de ancho aproximadamente, se llenaba hasta la mitad con pólvora, luego varios balines pequeños y más pólvora. Bueno, más o menos así era el proceso. De manera que nos acercábamos cautelosos a la bandada de loros comiendo maíz, yo corría y gritaba espantándolos, momento que aprovechaba el primo para disparar y por supuesto, con tantos balines y loros en el aire, 7 o 10 caían muertos. Los demás daban la vuelta y regresaban para que mi primo repitiera el proceso dos o tres veces. Recogíamos de 20 a 30 loros.

Rosario, una hija adoptiva de mi tía Veo y muy linda, no era muy feliz con tantos loros muertos, no por los pobres loros sino por el trabajo que significaba desplumarlos y prepararlos. Sí, nosotros nos comíamos los loros, bueno a los que les gustaba. Se preparaban así: como las gallinas se mojaban con agua caliente para aflojar las plumas, se desplumaban, se les cortaba la cabeza y las patas, se abrían por la mitad del vientre, se les sacaban las tripas, se lavaban, se cocían, se hacían tiritas como la carne desmechada y se guisaban. Para mí era un festín, una carne muy sabrosa pero algo seca.

El maíz es caliente, sobretodo su vaina. Yo tenía que guardar el maíz en sacos y en el silo, a veces sacarlos de ahí, pelar las mazorcas y guardarlo otra vez. Las barbas y la vaina dan mucho escozor y eso fastidia.

A mí me tocaba desgranar maíz tanto para la casa como para los cerdos, pues estos lo desperdiciaban si se les daba en mazorcas. Cuando yo hacía este trabajo otra vez me preguntaba por qué yo estaba ahí, no por el trabajo en sí, sino por el dolor en los dedos y en las muñecas después de desgranar unas 10 mazorcas, maíz que desaparecían los cerdos en un santiamén y solo para oír la orden de mi tía o de mi primo “¡esos puercos necesitan más maíz!” Hasta que llegó el molino para maíz, solo para moler más maíz.

El callejón desembocaba en un potrero bastante grande donde pastaban como 30 reses, dos caballos y dos burros. Ahí mismo también se sembraba arroz. Recuerdo que esos arrozales se inundaban. El arroz se siembra de la misma forma que el maíz en terreno seco y cuando la matica alcanza unos 20 cm. la trasplantan al terreno cenagoso. Todos los días iba al arrozal a llevar el almuerzo a los que cuidaban el arroz, algunas veces yo mismo hacía de vigilante y en tiempo de cosecha iba a llevar la comida a los segadores. A mitad del arrozal había un entarimado que llamábamos “barbacoa”. Eran cuatro palos formando un cuadrado como de un metro de lado, con dos pisos hechos con varas. El piso de abajo era para guarecerse del sol y el de arriba para subirse y espantar los pájaros como el Yolofo que cae en bandadas sobre el arroz estropeándolo. Para espantarlo uno lanza un grito y a la vez dispara guijarros con una onda de hamaca (como la del rey David) Más que el guijarro lo que espantaba a los pajarracos era el sonido tan fuerte del extremo moteado de la onda.
Ambos sonidos se escuchaban muy fuertes por la soledad del campo. Yo era muy feliz haciendo esto, pero me asustaba tanta soledad.

Llegar hasta la barbacoa era un problema porque el agua a menudo me llegaba al pecho y a veces al cuello. Cuando salía del agua era seguro que traía cuatro o cinco sanguijuelas pagadas al cuerpo. Para eso uno siempre llevaba dos o tres limones, el jugo de limón las desprendían suavemente y no causaba dolor. Algunos lo hacían con colillas de tabaco. Arrancarlas a la fuerza era un error porque maltrataba la piel y dejaban una roncha que se podía convertir en llaga.

Mis actividades diarias puedo describirlas así: algunas veces me levantaba a las cuatro de la mañana, con el canto del gallo. Después de enjuagarme la boca recibía un peñón de arroz de coco amanecido en una mano y una totuma pequeña de tinto en la otra. Enseguida cogía las sogas y salía con el primo Luís a traer los caballos. Esto nunca me agradó porque entrar a un pajonal a esa hora era un martirio para mí porque la hierba medía como el doble de mi estatura, estaba mojada y me daba mucho frío. Además, sentía pavor al escuchar los caballos corriendo hacia mí. Supuestamente yo tenía que levantar las manos y gritar sooo para desviarlos, arrinconándolos y así poderlos enlazar. Nunca pude hacerlo y sin embargo no sé para qué me llevaban. Esto no era todos los días, solo cuando el esposo de mi tía tenía que viajar temprano. En los otros días me levantaba a las cinco para ayudar a Rosario a ordeñar las vacas, lo que hacíamos como hasta las 8 o 9 de la mañana. Esto me agradaba mucho, aunque en ocasiones pasaba mis sustos con algunas vacas que no se dejaban ordeñar y pateaban. Nunca aprendí a ordeñar porque no me dejaban, uno por el tiempo y otro porque si la persona no tiene práctica, la vaca esconde la leche. Yo me encargaba de sacar el ternero respectivo de su corral y amamantarlo. El ternero chupaba el pezón de la vaca y yo le metía la mano en la boca para desprenderlo. El ternero debía mamar un poco, pero no tanto. La vaca quedaba lista para el ordeño cuando sus pezones quedaban erectos.
Juuum, si supieran cuanta práctica me dejó esa actividad. Amarraba el ternero aparte y sostenía el balde mientras Rosario procedía a ordeñar.

La mayoría de las vacas eran mansas, pero algunas molestaban mucho y a pesar de que tenían las patas traseras amarradas, a veces se soltaban y pateaban el balde botando la leche. Por supuesto, esto era mí responsabilidad y cuando sucedía me ganaba un cocotazo de Rosario.
Las vacas pasan de ternera a novilla y después a vaca adulta. Yo me daba cuanta que las novillas molestaban más. Había una que siempre comparé, no sé por qué, con una cachaca. Era alta, delgada, blanca y recelosa. Daba mucha brega.

Yo llevaba una totuma pequeña y cuando vaciaba la leche en las cantinas, me tomaba una totuma de espumas. A veces Rosario me daba leche en mi totuma directamente de la teta o directamente en mi boca, si ella estaba de humor. Esto era muy agradable y gozaba mucho.

Terminado el ordeño venía el desayuno. Opíparo desayuno. Primero una totuma grande de mazamorra de maíz blando como abreboca. Luego una viuda (o viudo) de carne o pescado con yuca, ñame, plátano y batata; todos estos o dos, o tres de ellos. Una totumita de leche, café con leche o tinto. Quiero decir que toda esta vitualla era cosechada esa misma mañana. Yo mismo arrancaba la yuca y el ñame. Esto hay que hacerlo con cuidado, sobre todo la yuca, porque se puede partir y quedar la mitad enterrada. Esto sencillamente era una comida deliciosa. En ocasiones el desayuno incluía arroz blanco también, arroz cuyo aroma se sentía a una cuadra de distancia. Unos minutos después a trabajar.

A menudo yo tenía que arriar el agua para el baño y para los animales desde el río. Como a las diez u once de la mañana llevaba la comida a los trabajadores cuando se sembraba o se cosechaba. Llevaba una olla grande como de 40 cm. de alto por 30 cm. de diámetro, llena de arroz y otra olla llena de vitualla, con carne o pescado. Lo curioso de esto es que nunca llevé ni cucharas ni cuchillos, solo unas hojas de vijao o plátano. El trabajador se lavaba las manos -creo yo- se acercaba a la olla y sobre la hoja de vijao colocaba su vitualla, luego iba a la olla del arroz, colocaba la mano recta como los karatecas al partir ladrillos y la descargaba sobre el arroz, después la retiraba como una pala, sacando su peñón de arroz que iba a comer. Cabe decir que yo también participaba del festín.

Más tarde desgranaba maíz y hacia algunos otros oficios. En la tarde, en algunas ocasiones, ayudaba a Rosario a pilar arroz, una actividad que me parecía emocionante. Con práctica podía pilar una sola persona, o dos y hasta tres simultáneamente. Se coloca el puño de arroz en el pilón, se suelta y comienza a golpear suavemente para soltarlo de la espiga, luego se le da más fuerte para descascararlo, se saca del pilón para el “balay” (un canasto de mimbre) para ventearlo, o sea, sacarle el afrecho. A veces una de las pilanderas (porque esta actividad normalmente la hacían las mujeres) perdía el compás y chocaba la mano del pilón cuyo otro extremo daba en la frente de alguien.

El pilón era hecho de un tronco de árbol como de 60 cm. de diámetro y alrededor de un metro o metro y 20 cm. de alto y se tallaba como una copa de vino. La mano del pilón era otro tronco como de 80 cm de largo y unos 5 cm de diámetro tallado en forma de una pesa de mano. Ventear el arroz también exigía técnica. Se agita el balay como tratando de lanzar el arroz al aire y así poco a poco el arroz se corre hacia el extremo de uno y el afrecho hacia el otro extremo. Luego con un movimiento más fuerte y preciso el afrecho se lanza al aire.

El ancho del río era como de unos 60 metros pero poco profundo. Su corriente muy lenta, tanto que se llenaba de gramalote como una ciénaga y tenía sectores que para que la canoa pasara había que abrirse paso a punta de machete. En épocas de verano el río se secaba y el lecho quedaba tan seco que se cuarteaba, se abrían grietas hasta de 10 cm de ancho y como de 50 de profundidad, separando los bloques de tierra. Me gustaba mucho desprender estos bloques que tenían el fondo blando. Era un barro de color marrón que provocaba manosearlo y hacer figuras con él. Yo lo utilizaba para hacer las bolitas de barro para mis hondas. Con el río seco las familias cavaban pozos en el frente de sus casas para recoger el agua que se resumía, para el baño y animales. Cuando empezaba el invierno estos pozos debían rellenarse, pero algunos se quedaban abiertos y debajo del agua. Recién llegado yo, un día me bañaba frente a la casa de mi tía Veo y me fui dentro de un pozo de estos. Estaba solo y fue la primera vez que estuve a punto de morir ahogado, pues yo no sabía nadar. Iba caminando cuando de pronto me hundí y después de mucha lucha y tragar agua, y por puro milagro, logré apoyar el pie en el borde del pozo e impulsarme, logrando salir. Después de esa experiencia poco me gustaba bañarme en el río, pero si me gustaba y mucho, pescar. Lo
hice con flecha y arco, con lanza de bambú y con varita y anzuelo. Cada una de estas modalidades es una actividad sumamente emocionante y placentera. 

Para pescar con arco y flecha se metía uno al río con el agua hasta la cintura, o desde una canoa. El arco se hacía con varita de totumo y las flechas de bambú. A las flechas se les insertaba como punta un pedazo de alambre de púa afilado y de unos 10 cm de largo. Se montaba la flecha, se tensaba el arco y pacientemente se esperaba que un pez subiera a la superficie, lo cual se reconocía por una burbuja que reventaba y en ese mismo punto disparaba uno la flecha. Si tenía suerte, la flecha flotaba con un pez atravesado en la punta, generalmente una mojarra. La pesca con caña de bambú era parecida. A una caña de bambú se le adicionaba la punta de alambre púa y se aseguraba con alambre dulce. La caña medía entre uno y medio a dos metro de largo. Se sostenía en lo alto como una jabalina y se descargaba con fuerza cuando asomaba el pez. Verdadera emoción sentía yo en cada lance, aunque la caña saliera sola. Pero para mí la verdadera emoción y placer de la pesca se obtiene con la varita y el anzuelo. Sentir en las manos las vibraciones que produce el pez cuando está picando es único, solo superado por la que se siente cuando el pez muerde el anzuelo y trata de escabullirse. Usted siente el tirón y ve como la vara (siempre de totumo, es la ideal por su flexibilidad y resistencia) se dobla y parece a punto de partirse. Uno tira de la vara hacia arriba y ahí va su pescado o su anzuelo vacío.

Como carnada usaba lombriz de tierra. De verdad esta tierra era prodigiosa en todo, sí, el paraíso terrenal. Generalmente iba a orillas del río o del platanal, buscaba pequeños terrones formados por las lombrices a medida que cavan. Ahí cavaba y sacaba muchas
lombrices.
Frente de la casa de mi abuela había una bonga (bongo), un árbol muy grande, más bien, muy ancho. Este medía como 3 metros de diámetro y una altura, creo, de unos 20 metros. Sus raíces sobresalen a la superficie y son muy gruesas extendiéndose como los dedos abiertos de una mano y con separaciones profundas entre una y otra raíz. La corteza es gruesa y llena de espinas muy curiosas porque son más gruesas que agudas. Cuando florece pierde casi todas las hojas y echa una flor que es como una naranja que después abren y salen motas de algodón. Yo veía y admiraba este árbol tan majestuoso, me parecía como la mamá de todos los árboles, a veces lo asemejaba con mi abuela. A unos 200 metros río
arriba había otro exactamente igual en tamaño y grosor, parecían de la misma edad. Creo que era el papá. En Barranquilla he visto dos o tres árboles de estos en el sector del barrio del Prado y detrás de la iglesia de Chiquinquirá. A mí me perece que están abandonados y eso creo es irrespetar a estos señores árboles, como si fueran cualquier palo de monte. Si alguna vez puedo tener un pedazo de tierra, aunque sea de las dimensiones de aquella parcela de mi niñez, sembraría una bonga, solo para saber que 70 u 80 años después alguien dirá al lado de él: ¡qué gran árbol!

Todo esto para decirles que se me metió la terquedad de que al pie de este árbol era el mejor lugar para pescar, pero más eran los anzuelos que perdía enganchados en su corteza. Cuantas veces he soñado con este río y este árbol. Son muchas, pero muchas veces.

A pesar de que mi abuela vivía a una casa de por medio pocas veces me dejaban ir allá. Mi abuela cenaba tipo 5 de la tarde, a esa hora me presentaba y aprovechaba para comer y es esta la razón por la que me regañaban. Luís, quien era el que me pillaba, decía que en su casa había comida suficiente. A veces también donde mi tía Chana me daban comida y yo no perdonaba una.

Donde mí abuela, en esas escapadas, ayudaba a moler café. Ella tostaba tanto café que llenaba una mesa. En el traspatio de su casa tenia plátano, una mata de naranja lima y una de cacao. La naranja lima es más pequeña que la naranja normal, la cáscara es más delgada y más lisa, no es muy jugosa pero sí muy dulce. Por lo que recuerdo esta mata era la causa de constante discusiones fuertes entre mi abuela y mi tía Chana porque un hijo de ésta, Hugo, se las cogía. Mi abuela abría las frutas del cacao y nos daba la semilla para que chupáramos. Esta fruta también es muy dulce y sería una solución para tantos niños llorones y golosos; se chupa y se chupa hasta que se le cansa a uno la mandíbula. Se necesita chupar mucho para dejarla sin sabor y pelada como la quería mi abuela, para entonces tostarla, molerlas y hacer chocolate.
Ya en las horas de la noche, por ahí tipo seis a siete, era cuando cenábamos donde mi tía Veo, ya estaba muy oscuro y nos alumbrábamos en la mesa con mechones o lámparas y a veces comíamos en plena oscuridad porque alguien necesitaba la luz. Así fue como aprendí a comer bocachico ¿Se imagina usted un bocachico en viuda a esa hora y sin luz? Aprende porque aprende a comer eso sin espinarse.

Terminada la cena, iba al antejardín de la casa de mi tía Chana y ahí me reunía con mis primos Hugo, Agustín (nieto de mi tía Chana) y Álvaro (tío mío y medio hermano de mi mamá, el menor de ellos). Hugo era el mayor y debía tener unos 12 años entonces, Álvaro era más o menos de la misma edad y Agustín y yo éramos los menores. Recuerdo que varias veces nos poníamos a competir al que comiera más ají del pequeño. Los que salían corriendo para el río a lavarse la boca perdían  se ganaban una cocotera. En estos juegos, una vez salí de pelea con Álvaro y fue la primera vez, de las muchas veces después, que peleé a los puños. Le di un gancho al hígado y le saqué el aire; como cayó al suelo y no hablaba creíamos que le había pasado algo malo y nos fuimos corriendo cada uno para su casa; como a la media hora apareció para invitarme a jugar otra vez, pero yo sabía que era para desquitarse y no fui.

Otra noche ocurrió algo extraordinario. Jugábamos a las escondidas y yo me subí a un palo de coco que estaba entre las dos casas de mis tías; me subí como unos tres metros. Debían ser como las ocho a ocho y media de la noche, yo miraba para abajo y de pronto todo el patio y sus alrededores quedó como si fueran las doce del día, algunas personas dicen que en ese momento se escuchó una especie de silbido, yo no lo oí. Lo que sí sé es que me descolgué y bajé tan rápido que se me pelo la barriga y el pecho. Segundos después escuchamos un sonido fuerte, amortiguado y muy profundo (hoy diría que como el sensorround) de baja frecuencia. Tampoco sentí el temblor que algunos decían se sintió.
Después oscuridad y silencio total. Todo esto duraría de 10 a 15 segundos, digo yo. La propiedad de mi abuela y la de mi tía Chana estaban separadas por una cerca de alambre púa, unas tres o cuatro hiladas separadas por unos 20 a 30 cm. Para ir de una casa a la otra se abría una puerta de palo con alambre. En el pequeño lapso del acontecimiento en mención, mi abuela y Álvaro aparecieron donde mi tía Chana y fue cuando todo el mundo reaccionó; los mayores se arrodillaban e imploraban a Dios piedad y perdón porque el mundo se iba a acabar. Pasado un poco el susto vino la pregunta del millón: ¿Cómo diablo hizo mi abuela para pasar la cerca si la puerta no estaba abierta? Ella no tenía ni un solo rasguño y con sus aproximadamente 150 kilos no podía saltar la cerca de un metro y medio más o menos, ni muchos menos pasar por entre los alambres. Yo creo que ella saltó la cerca ¿Súper abuela? No sé. Este fenómeno se debió a un meteorito porque muchas personas vieron una bola de fuego muy grande cruzar el cielo, yo no la vi. No sé si en Córdoba registraron este acontecimiento que tuvo lugar en 1.954 o 55.

A las 8.30, o a más tardar las 9 de la noche nos acostábamos. En esa época nunca supe si era día de semana, sábado o domingo. Acostarme era para mí toda una tragedia por lo miedoso que era. Imagínese entrar a un cuarto de cuatro por cuatro metros a esa hora y sin luz, porque había que economizar gas. De verdad esa era una tortura muy grande. Casi siempre le pedía a Cristina que también se acostara ya que ella dormía conmigo.
Cristina era una joven que debía estar por los 14 o 15 años y en esa época, y en un pueblo, una chica de esa edad ya era casadera, pues sabía cocinar, lavar y planchar; bueno, los oficios normales que debía saber la mujer. Era bonita, y debió serlo porque mucha gente estaba detrás de ella, entre otros mis hermanos Eduardo y Lelis. En fin, con esta chica tuve yo mi segunda experiencia sexual, que fueron muchas. Pues con frecuencia ella se daba sus mañas para que hiciéramos el amor antes de que se acostaran los demás. Recuerdo cómo ella llevaba mi cabeza hasta su pecho y me ponía sus pezones en mi boca, pero eso de verdad no me causaba ninguna emoción, pero supongo que a ella la excitaba mucho porque frotaba mi pene y se lo introducía y enseguida me apretaba tanto con sus piernas que a veces sentía ahogos y la escuchaba gemir mucho, yo pensaba que ella me quería ahogar entre sus piernas porque siempre me decía espérate, espérate un poquito que ya casi llego y yo pensaba: ¿Adónde si estamos aquí? A veces yo sentía las mismas ganas de orinar que sentí mi primera vez. Nunca he podido olvidar su olor vaginal. Como ella también metía mi manita entre sus piernas yo después olía mis dedos y ese olor se grabó muy dentro de mi cerebro. Así pasó no sé cuánto tiempo, pero un día le dije a mi tía que ella subía sus piernas sobre mí y esa misma noche me pusieron a dormir aparte. Y lo lamenté porque después añoraba esos momentos y no me permitieron regresar a su cama. Después me molestaba verla desnuda. En ocasiones cuando salíamos a buscar tomates en una tomatera que había al lado del potrero, o a buscar yuca o maíz, ella se agachaba a orinar. Se subía la falda y se
quitaba las pantaletas para hacer eso, yo miraba sus genitales y no sé por qué me molestaba. Hoy pienso que tal vez se me insinuaba pero yo de esas cosas no entendía.

De Rosario hay cosas que recuerdo con agrado, como el hecho de que me enseñó las primeras letras y a deletrear algunas palabras y eso fue para mí muy importante. Claro que usaba métodos no tan ortodoxos ni tan pedagógicos, pero me enseñó las letras. Usábamos la cartilla abecedario, un cartón de unos 30 por 20 cm. Por una cara tenía las letras mayúsculas y por el otro las minúsculas, grabadas en cuadritos de colores. Todos los días en las mañanas estudiábamos el a, b, c, ch y si me equivocaba me daba un cocotazo tan fuerte que me hacía ver, además de estrellitas, unas lágrimas por mis mejillas, pero después de dos o tres cocotazos, la maza cerebral como que se reacomodaba y yo asimilaba una letra más en mi aprendizaje. Y aquí estoy, cabezón y calvo tal vez por los cocotazos de ella y los de mi mamá, pero he sido un hombre normal y de bien, que no de bienes. Por eso digo que un poco de rudeza de vez en cuando no hace mal a nadie.

Alguna vez debió ser Navidad porque fue la primera vez que oí hablar del niño Dios y esa mañana me regalaron algo que me puso contento porque era un regalo, yo no sabía que era eso y mucho menos para qué servían las bolitas o canicas que me dieron de regalo de Navidad.
En las tardes me tocaba encerar el ganado, a veces a caballo, otras a pie. Una vez me trepé sobre una vaca, ya vieja y muy gorda, que yo quería mucho por lo noble pues nunca molestaba y la usé para arriar las demás reces, solo que tenía que ir acostado sobre ella, pues por lo ancha no me podía sentar ya que las piernas me quedaban muy abiertas.
Ya casi entrando la noche me gustaba subirme en las barandas del corral y observar como las vacas doblaban las rodillas para acostarse. Se decía que se arrodillaban para rezar antes de echarse. Había ocasiones en que las reses se inquietaban y mugían, decían que estaba pasando una mala hora, o sea, un espanto o muerto.

Cuando el esposo de mi tía llegaba de viaje tipo 8 o 9 de la noche, me enviaban a llevar el caballo hasta los potreros. Eso era algo cruel, muy cruel de verdad, aunque nunca dije nada. Llevar el caballo me daba pavor, tenía que llevarlo por el callejón y atravesar el platanal de un lado y el maizal del otro, con semejante oscuridad y tremendo miedo, sobre todo después de haber oído los cuentos de mi tía Milla. El caballo era muy grande y arisco o brioso. Con todo se asustaba, yo nunca lo monté por eso, le tenía miedo; era negro con un lucero blanco en la frente. Le amarraba una soga en el cuello y lo echaba adelante y yo atrás como a dos o tres metros y con la cabuya agarrada con las puntas de los dedos por si se espantaba no me fuera a arrastrar. Cualquier ruido de un lobito a algo así lo hacía pararse en dos patas. Yo caminaba detrás procurando no pisar muy duro, no era capaz de mirar para un lado por miedo a ver algo y con las nalgas bien apretadas. Cuando regresaba y llegaba a la puerta del corral y pasaba ésta, hacía un spring que me hubiera envidiado el legendario Víctor Mora, pasaba el corral como a 100 kilómetros por hora. El bendito caballo había que llevarlo porque si lo dejaba al inicio del callejón ahí se quedaba comiendo poco y por eso me regañaban.

Había otro caballo que sí montaba y hasta llegué a correr con él haciendo apuestas, incluso me paraba en su lomo cuando corría. En una ocasión corría muy veloz y se me salió el saco que usaba como silla y rozó la cola del caballo, lo asustó y se desbocó; para colmo se le salió el bozal y sin eso nunca se puede frenar un caballo. Alguien se dio cuenta de lo que pasaba y salió al paso, el caballo frenó y yo salí despedido cayendo como 10 metros adelante. Dijeron que ese día volví a nacer porque casi nadie se libra de morir desnucado en un caso de esos.

También había dos burros, uno no me agradaba mucho porque como que yo no le caí bien tampoco. Recuerdo que yo le indicaba para un lado del camino y él insistía que era por el otro lado y si no, se paraba en un lugar y no había manera de hacerlo seguir y como insistiera mucho se ponía a corcovear. El otro era más dócil y era el que casi siempre utilizaba.

Algunas veces me perdía y me iba por allá atrás del potrero monte adentro. Un día encontré un arroyo como de unos cuatro metros de ancho pero totalmente llano, sus aguas muy cristalina y con muchos peces, sobre todo el moncholo, de unos 40 cm de largo. Ahí me quedaba jugando y sentía algo que no puedo explicar bien. La soledad era evidente, pero era que se sentía el silencio a pesar de la bulla de los monos y de muchas aves. Uno podía identificar el canto de la torcaza (una paloma), el de la guacharaca, etc., y con todo eso la soledad era abrumadora. Había muchos árboles altísimos; me gustaba seguir el camino de las hormigas arrieras, ver como cargaban sus hojas. Cuando supieron que yo iba por esos lados me regañaron y prohibieron que lo volviera hacer por el peligro que corría, ya que los tigres frecuentaban esos lugares. Cuánto me gustaría ver un lugar así otra vez, naturaleza pura y virgen.

A continuación de la casa de mi abuela venia una familia de apellido Cárdenas o Blanco, no recuerdo, donde vivían tres niñas (fueron las personas que siempre vi ahí) todas blancas. La menor era de mi edad y me enamoré de ella, enamorado solo, porque nunca me atreví a decirle nada, solo la veía y a veces hablábamos en el pozo del agua de su casa que estaba frente de la segunda bonga. Lo cierto es que nunca estuvo sola, siempre la acompañaban
sus dos hermanas mayores o una de ellas. Estando estudiando en Cartagena fui de vacaciones a Severá con un amigo que me acompañó, fui a verla porque me dijeron que estaba recogiendo algodón en un algodonal detrás de su casa y propiedad de su papá. Ya fue tarde, aunque siempre sentí que yo también le gustaba, ambos habíamos crecido y las cosas cambiaron. Hablamos y todo pero no más.

Mi tía Gladis era muy bonita y coquetona y en casa de mi abuela siempre iban personajes de ese y otros pueblos, hoy pienso que por mi tía. Bueno, gracias a ellos conocí a Alejandro Durán, que lo llevó uno de estos personajes para amenizar una parranda; así también conocí el primer carro que recuerde, un campero Jeep y las chalupas, lanchas pequeñas de metal y motor fuera de borda. Recuerdo que cuando venía el Jeep todo el pueblo se enteraba porque a varios kilómetros se divisaba el polvorín que levantaba al pasar. En una de estas parrandas me pasó algo curioso que dejó huella en mí. La música sonaba y yo me puse a bailar solo en la sala de mi abuela, parece que meneaba mucho la cadera, mi tía Gladis me miró y dijo: “deje de mover la cintura, parece una mujercita”. En esa época eso no se le decía a un hombre sin que este se sintiera lastimado y con todo el derecho de cobrar la ofensa. Pues a mí me lastimó y nunca más he podido mover la cintura con soltura, tanto que nunca aprendí a bailar bien.
Definitivamente a esa señora no le caía bien. Algo pasó, parece que le hice algo a mi tía Gladis que me correteó hasta donde mi tía Veo, yo me metí al corral y me fui para el lado del platanal. Ella se sentó en la sala de estar a esperarme; debió suceder esto como a las cuatro de la tarde, porque yo estaba cansado de estar enganchado sobre el corral y la noche estaba entrando y con ella mi miedo a la oscuridad. La verdad es que no recuerdo en que terminó todo eso.

Yo pasé en Severá dos semanas santas y las recuerdo porque todo era diferente, todo el mundo andaba contento, nadie iba a trabajar y la comida sobraba porque, así como de una casa llevaban comida para otras, también recibían de las otras casas más comidas. Parece que era como obligatorio comer y beber chicha en cada casa que usted entrara. Se celebraba toda la semana. Algunos oficios eran permitidos hasta las doce del día los lunes, martes y miércoles santo. El jueves y el viernes todo era prohibido, menos comer y jugar. El sábado y domingo todo volvía a la normalidad. Las personas vestían en esos días sus mejores galas. Por todas partes veía usted a los niños, jóvenes y adultos jugando a las canicas, a las
cartas y al dominó.

En la última Semana Santa que pasé ahí, hubo fiestas de toros en corraleja en la plaza de allá arriba. En casa de mi tía Veo mataron dos puercos muy grandes, yo ayudé a hacerlo y el proceso es así: se le pone comida al cerdo para distraerlo, luego alguien con una mano de pilón le da un “zipotazo” en toda la frente y una vez desmayado el cerdo, se le entierra un cuchillo en la unión del cuello y el pecho, lo suficientemente largo para que le llegue al corazón; algunas veces recobran el conocimiento y patalean un rato y mueren. A continuación se toman unas hojas de palma secas, se prenden y con ellas encendidas se deslizan sobre el cerdo para quemarles lo más que se pueda el pelo y la piel. Luego viene el descuartizamiento que eso si no lo presencié. Vi a mi tía Veo recoger sangre en una totuma y después de lavar unas tripas varias veces la llenaba de sangre para hacer las morcillas.
Usaban un enorme caldero como de 60 cm. de diámetro y ahí echaban los primeros chicharrones, que daban tanta manteca que servía para freír el resto de carne; también echaban en ese caldero yuca y plátanos enteros. Comí mucho ese día y recuerdo que puse varios chicharrones, yuca y plátanos cocidos en una bolsa y me fui para la corraleja, no sé si me dieron permiso o no pero me fui, no vi nada de corridas pero me comí todo lo que llevé.

Dos casas más abajo de mi tía Veo, había una tienda y yo iba ahí a comprar el café y el azúcar. Parece que yo era un niño muy curioso, es decir, simpático (parece no, lo era) En la tienda atendían tres muchachas que debían ser hermanas; apenas llegaba yo me alzaban y me sentaban en el mostrador y empezaban las caricias y los besos y las preguntas que siempre me hacían: ¿Cuándo estés grande te casas conmigo? Enseguida decían las otras dos: no conmigo, conmigo. A veces iban más lejos y hasta me besaban los genitales. La verdad eso me agradaba mucho pero me sentía acosado y me daba pena ¡Ay! Las cosas que uno quisiera que se repitieran después. Mis piernas como que llamaban mucho la atención porque años después me decían que tenía bonitas piernas, menos mal que no pasó nada más.

Tiempo después me permitían ir en burro hasta un pueblito llamado Lara por donde pasaba el río Sinú o un brazo de él, a buscar agua para beber, en calambucos de madera, dos, uno a cada lado del burro. La primera vez me impactó mucho ver ese río, veía pasar las cosas que arrastraba y llorando me preguntaba si ellas habían pasado por Montería y si sabían algo de los míos. Yo sabía que habían pasado por allá porque iba río abajo. Natura quiso que yo siguiera vivo porque las otras veces que regresé lo hice con la intención de irme por el río, yo estaba seguro que sobre un tronco podría viajar y que ese río tenía que dar la vuelta y pasar otra vez por Montería. Afortunadamente nunca pasó ese tronco.

Esas idas a Lara me deprimían mucho y no sé dónde ni cuándo escuché la canción de Nelson Pinedo “Yo me voy para la Habana” y que dice: “el amor de Carmela me va a matar”, nombre que asimilaba con el de mi hermano Carmelo y me llenaba de nostalgia.

En casa de mi abuela nos reuníamos niños, jóvenes y algunos adultos a escuchar cuentos que narraba una ancianita llamada Tía Milla, que tampoco sé si era familiar de nosotros o no. Dicha anciana nos hacía sentar en el suelo y a su alrededor, menos del lado derecho donde lanzaba sus salivazos; encendía una “calilla” (un tabaco más delgado de lo normal), se lo metía a la boca “bocabajo”, es decir, con la candela hacia adentro, aspiraba una bocanada e iniciaba su narración. Yo no recuerdo cuentos románticos o algo así, todo lo que recuerdo son historias de espanto, acontecimientos de Semana Santa. Cuentos como el de los tres perros llamados Vuela más que el viento, Rompe candados y Traga Leguas. El del perro que echaba fuego por los ojos, el del tizón de candela que perseguía en las noches a un hombre a caballo, etc. Hacía una pausa, no para comerciales, sino para otra chupada a la calilla y otra bocanada de humo que nos lanzaba. Si no había tiempo continuaba la próxima noche. Y a dormir, pero estoy seguro que como yo, muchos no podían conciliar el sueño de puro miedo. Pero ahí estábamos la siguiente noche. Al recordar a esta ancianita puedo jurar, con el debido respeto que me merecen, que muchos personajes como Olson Well, Agatha Cristy y otros que he leído y visto sus películas, no tienen el suspenso que ella le imprimía con solo inclinarse un poco hacia adelante mientras hablaba. Mejor que la mejor sala de cine o de televisión. Si a alguien se le hubiera ocurrido escribir estos cuentos, Tía Milla fuera hoy más famosa que los hermanos Green y su obra serían Las mil y una noches modernas.

Frente a las casas de mi abuela y de mis tías y del otro lado del río, también había tres casas de familiares. Frente a Veo estaba la casa del Negro Portillo, hijo de Chana; frente la casa de ésta estaba la de Octalides, un primo de mi mamá y frente a mi abuela, un señor creo que tío de mi mamá y que en ese entonces ya era un anciano. Casualmente acabo de soltar el teléfono porque estaba felicitando a mi mamá que está de cumpleaños hoy 30 de agosto y no quise distraerla preguntándole por ese personaje que tengo entendido todavía está vivo, así que debe tener como 120 años. Yo creo que estuve en su casa una sola vez.

Cuando cruzaba el río lo hacía en canoa, después por un puente que hicieron en ese sector por lo que poco iba al otro lado, excepto en verano cuando se secaba.

Octalides tenía dos hijos varones como de mi edad y tres niñas. Una de ellas, Melania, estaba enamorada de mí, pero mi tío Álvaro estaba enamorado de ella y se disgustaba conmigo por eso, aunque la verdad es que yo nunca hice nada por conquistarla, simplemente yo le gustaba y con ella recuerdo mis primeros besos en la boca. Melania debía tener unos 10 0 12 años y su hermana menor como 10, esta no era tan linda como Melania pero se veía que iba a ser toda una mujer por lo robusto de su cuerpo y su estatura, perecía toda una atleta. Una noche llegué a visitar y con pretexto de tomar agua nos fuimos para la casa de atrás y me senté en una hamaca, Melania salió a buscar los vasos, sus papas estaban ahí charlando. Ese momento lo aprovechó su hermana que se me vino encima, me
abrazó y me besó con tanta violencia y pasión como nunca más me lo han hecho, y eso es mucho decir. Pues la verdad es que yo quedé prendado de ella y entonces no sabía qué hacer. La una no sabía nada de esto y la otra disimulaba muy bien pero siempre con una sonrisa pícara e insinuante. Ella siempre estaba presente; yo creo que los papas de Melania sospechaban de su hija y dejaban a la menor para que nos vigilara.
Eso quedo así. Yo me fui y no recuerdo en que momento planeé con ella una escapatoria unos años después cuando yo ya estaba en Barranquilla trabajando, pero solo ganaba para medio comer y vivía en el mismo colegio donde trabajaba; sin embargo me fui para Cereté en donde quedamos en encontrarnos. Estando en el puente de madera de Cereté, esperándola para traérmela para Barranquilla, me topé con mi tía Gladis a quien le extrañó mucho verme ahí sin ninguna justificación. Ella venía de hablar con mi mamá e iba para Severá, así que se la pilló y fue con el chisme a donde Octalides quien cogió in fraganti a su hija guardando la ropa y le dio soberana paliza a la pobre chica (de esto me enteré posteriormente) Yo me cansé de esperar, así que cogí mi bus y me regresé solo, siempre preguntándome por qué ella no fue a la cita. Hoy me pregunto cómo sería mi vida ahora si ella hubiera cumplido.

Severá es un pueblo que llevo muy dentro de mí y tal vez por eso no he querido volver a visitarlo porque pienso que voy a decepcionarme al ver los adelantos que ha tenido y que supongo han quitado sus encantos. Mis hermanos sí han ido y me han contado, por ejemplo, que cortaron la bonga que estaba en frente de mi abuela y eso es suficiente para saber que todo cambió. Prefiero verlo en mis sueños cada mes o cada dos meses, tal cual era hace unos 50 años.

Capítulo 5
El Regreso a casa.
Hoy inicio mis recuerdos de mi estadía en Montería. Mi hermano Eduardo me contó una vez que, cuando yo estaba en Severá, ellos se preocupaban por mí y no estaban de acuerdo en que me quedara allá y que además, no estaba estudiando. Así que un día se presentó y me dijeron que empacara que me iba con mi hermano; me llené de mucha felicidad, pero mi hermano cometió el error que muchas personas cometen al prometer o decir algo a un niño, pues hasta un gesto sin mala intención le puede acarrear al niño problemas muy serios. Ya llegando a Cereté hay un pueblo llamado Viche o Berastegui, no recuerdo exactamente. Tenía una calle muy larga y creo la más recta del mundo, estaba pavimentada con cáscaras de corozo. Al pisar esta calle le pregunté a mi hermano: ¿Ya estamos llegando? Y me dijo: “Si, allá debajo de aquella nubecita que se ve al frente, ahí es”. De manera que yo me desconsolé mucho, ya estaba cansado de caminar y la nubecita estaba igual de lejos; estaba seguro que me estaba llevando para otra parte y no para casa de mi mamá. Al fin llegamos y lo siguiente que recuerdo es la mudanza para la primera casa del barrio Obrero.

Este barrio fue la primera urbanización que hizo el gobierno en Montería a través del Instituto de Crédito Territorial (Inscredial) Las familias no querían estas casas porque quedaban muy lejos y porque eran muy bajitas, le decían el barrio de los enanos, y además, porque tenía lo más absurdo que le puedan hacer a una urbanización: un solo techo para cuatro o seis casas. En fin, nos mudamos y nos tocó en un callejón sin salida. Ahí duramos uno o dos años hasta que mi mamá tuvo la oportunidad de cambiarse al otro lado del barrio donde quedamos mejor situados. Cuando vivíamos en ese callejón conocí a un personaje que vivía en la casa del frente donde mi amigo el “bizco” (Daniel) y gustaba de tocar guitarra. Algunas veces nos sentaba en sus piernas y nos permitía tocar la guitarra, o sea, manosearla. Después supe que dicho señor era nada menos que “el burro mocho” el cantautor y torero Noel Petro. Hoy lo veo en televisión y yo estoy más viejo que él.
Viviendo aquí mismo fui a un paseo con mi mamá y algunos de mis hermanos, creo que mi papá también fue, a un pueblo cercano. De este paseo recuerdo que la carretera tenía mucho barro de color rojo, que el camión se bamboleaba de un lado para el otro y se atollaba con frecuencia. Este camión era muy grande y para encenderlo había que darle cran, lo cual consistía en meterle una varilla en forma de L por el frente del motor, se hacía girar y prendía. Para no atollarse le colocaban cadenas de hierro muy gruesas en las llantas en forma de una malla. Un paseo demasiado agitado para disfrutarlo, solo me dejó muy adolorido. Poco tiempo después lo repitieron y yo no fui. Tuvieron mala suerte, el camión se volcó y hubo varios muertos.

Creo que estando en esta casa nos fue bien, pues mi papá trabajaba y le iba bien, mi abuela también trabajaba en su restaurante y todos los días llevaba una olla de sopa y arroz para la casa. Pero si uno decía que no quería más comida porque estaba lleno o algo así, mi abuela suponía de inmediato que la falta de apetito era por tener parásitos y enseguida cogía una cáscara del árbol de malambo, de malambo o de eucalipto, no recuerdo bien, la rayaba y le daba a uno un vaso bien grande de jugo de esta cáscara. Si no tenía esas cáscaras entonces existía el frasco del purgante más cruel del mundo, Laxol, detestable como ninguno pero efectivo. Hasta la forma de la botella y su color era algo que hacía que uno se fuera en vómito y en churria.

Mi papá también tenía sus remedios, recuerdo que cuando a uno se le pegaban los ojos por la mañana o le salía legaña, cortaba una vara de matarratón en forma sesgada y dejaba que la savia bañara los ojos de uno. Santo remedio.

Capítulo 6
Mi adolescencia
Antes de comentar nada sobre mi vida en la segunda casa del barrio Obrero, donde transcurrió mi adolescencia, quiero comentar sobre mi padre. Hasta este momento solo sabía que era mi padre y la verdad es que mis recuerdos sobre mis padres, y sobre todo de mi papá, comienzan en esta época, es decir, esa conciencia de que además de ser mi padre era también persona y familia. Yo recuerdo que con mis hijos siempre fui muy juguetón, incluso ahora con mis nietos, pero mi papá como que era muy serio o estaría muy ocupado en sus asuntos como la mayoría de los padres. Tal vez por eso no tengo mayores recuerdos de asuntos de familia con ellos hasta después de 9 o 10 años y más que todo desde cuando nos mudamos a la segunda casa.

Recuerdo que a mi papá le gustaba mucho el cine y creo que eso se lo heredamos. En muchas ocasiones me llevó a cine al teatro Montería, uno de los cuatro que había en esa época; siempre íbamos a ese. No recuerdo las idas al teatro pero sí el regreso. Él llevaba bicicleta pero nos regresábamos a pie hasta faltando unas dos cuadras de la casa. Nunca supe por qué lo hacía, si yo iba muerto de sueño y a veces de sed; creo que él quería estirar sus piernas y caminar un poco para conciliar el sueño, quizás para él la distancia no era tan grande, pero para mí era enorme. Yo no creo que él fuera duro o tacaño, pero llegaba al teatro, compraba un paquete de cigarrillo y una caja de fósforos y para dentro. Ni un caramelo, ni una chicha. Pero en la siguiente invitación ahí estaba yo listo.

Tengo entendido que cuando mi papá se comprometió con mi mamá tenía un buen negocio en el mercado de Montería, una colmena, y le iba muy bien. También tenía un medio hermano por parte de madre, mi tío Pedro Nel Martínez, un joven que al parecer tenía sus ideas políticas revolucionarias. Cuando yo nací, en 1.948, al año siguiente, el país vivió tiempos de agitación política, no por mi nacimiento (eso creo) sino por el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán; había tantos problemas en el país que hasta los curas tomaron parte, ya que yo debería llamarme Jorge Eliécer, pero el cura se negó rotundamente y me pusieron Jorge Enrique.

Mi tío por andar con su “agite” como que fue fichado por las autoridades y quien pagaba por esos agites era mi papá, pues las autoridades, arbitrariamente y abusando de su poder, llegaban a su negocio con el pretexto de buscar a Pedro Nel y como no lo hallaban entonces se llevaban mercancías de la colmena, así de frente y sin tapujo. Ahí empezó la debacle de mi desventurado padre. Después terminó de perder todo y quedó con un puestecito en una placita interna del mercado y trabajando por porcentaje a sus antiguos colegas. En estos momentos es cuando yo empiezo a tratar a mi papá. Él era talabartero y lo que más hacía era “abarcas tres puntá” con suela de cuero o con suela de cuero reforzada con caucho; yo iba a su puesto a ayudarle cuando tenía muchos pedidos, con los ensartes iniciales. Pero tenía un problema, el murmullo del mercado me daba sueño y después de ayudarle con alguna docena me metía dentro de un mostrador a dormir y a pesar de esto, nunca me llamó flojo o me regañó porque me dormía. Recuerdo un día que algo me hizo daño y me cagué, tenía un pantalón blanco largo, debió ser el de ir a misa porque en ese entonces todo niño vestía pantalones cortos; así que me amarre la boca pierna del pantalón en los tobillos con una pitica y él me llevó al río para que me lavara. Todavía recuerdo los calienticos que se deslizaban por mis piernas. Fue mi primera cagada.
Mi papá también hacia ondas (caucheras) que en esa época era un aparato útil en el campo. Era tan experto que tomaba un neumático de carro, lo enganchaba en el espaldar de un taburete y con un cuchillo muy afilado por él mismo, descuartizaba, por decirlo así, al
neumático que quedaba convertido en una sola tira de caucho de medio cm de ancho y de varias cuadras de largo. Esto siempre lo hacía en la casa. Y ahí si nadie le ayudaba porque nadie tenía semejante destreza y pulso, y yo menos, con tanta actividad automovilística.

Yo no recuerdo que mi papá “cascara” a uno de mis hermanos mayores, pero a mí y los otros menores sí lo hacía y con frecuencia. Para eso llevaba unas correas especiales de cuero de vaca con que se hacían las abarcas, medía como 50 cm. de largo, unos 6 de ancho
y como 4 mm de grueso. A mi papá no se le podía vacilar con eso de que ahora voy, o salir corriendo, no sé por qué pero nadie nunca se atrevió hacerlo. Cuando yo hacía alguna pilatuna y mi mamá me amenazaba con decirle a él para que me pegara, yo me iba para la plaza frente a la casa, de pronto oía su silbido característico y enseguida me brotaban las lágrimas, apretaba las nalgas y salía corriendo, pero para donde él. Me daba tres cuerazos, no importaba la naturaleza de la falta, eran tres cuerazos que me hacían ver al diablo encuero, pero no más. Si de verdad la falta era grave entonces él quedaba serio con uno por varios días y eso dolía más que los cuerazos. En cambio mi mamá no pegaba con correa sino a punta de cocotazos, como me pillara, por supuesto. Además de la cocotera, pasaba regañándome todo el día.

En ese entonces mi mamá comenzó a trabajar lavando ropa para ayudar a mi papá, había que acompañarla a buscar la ropa que eran montañas de ropa, la lavaba y la planchaba; pero mi papá iba para atrás, se enfermó y comenzó a sufrir del corazón. Mi hermano Alberto hacía rato se había marchado de la casa para el interior del país y lo hacíamos perdido. Lelis, el segundo, apenas comenzaba a trabajar, Eduardo y Eira, los siguientes, estaban terminando la secundaria, mis hermanos menores y yo apenas en primaria. Muchas bocas que alimentar y poca entrada.

Mi papá era un fumador empedernido y siempre acompañaba el cigarrillo con tinto, esto lo perjudicó mucho, se hinchaba y sufría de ahogo, cuando entraba en crisis su respiración parecía un silbido. Recuerdo que me sentía contento u orgulloso cuando él o mamá me pedían que lo llevara en bicicleta a otro barrio donde un señor que curaba, pero todo era inútil, él empeoraba cada día más. Se hospitalizó en varias ocasiones y por último, estando en el hospital, un derramen interno acabó con su vida; fue un dos de agosto de 1.962, yo tenía entonces 14 años.

Mi papá era muy feliz viéndome jugar fútbol, varias veces me acompañó a la cancha del colegio Nacional de bachillerato para verme jugar; cuando le decía que iba para otra ciudad a jugar nunca me dijo no, creo que él también sabía que yo era un buen jugador.

Nosotros sentíamos por él un respeto muy grande, no era miedo, sino sencillamente respeto. Si él pedía, se le daba; si llamaba, se le atendía y si ordenaba, se le acataba. Nunca oímos una grosería o una palabra soez, supongo que las diría, pero delante de nosotros no, por supuesto a ninguno de sus hijos se le hubiera ocurrido decir alguna palabrota delante de él. Ya en los últimos años de su vida fue cuando lo vimos borracho en varias ocasiones.
Nunca lo vimos discutir con mamá, la verdad es que no tenía tiempo, con 14 hijos.

Una vez nada más lo vi bailar. Fue en un matrimonio en el barrio, bailaba un Twist. Nunca lo vimos discutiendo y mucho menos peleando con alguien; en una ocasión, un muchacho mayor que yo como que me molestaba mucho y algo pasó, me tomó de la mano y fuimos a la casa del chico llamado Homogono, llamó al papá del chico y habló con él, luego me dijo: “aquí se va acabar el problema de una vez por todas”, así que me soltó y me agarre a puños con el muchacho; quien ganó o perdió no sé, pero el problema se acabó, por ahí, porque yo sí que peleaba todos los días.

Realmente él era muy tranquilo; una vez yo jugaba en la plaza y él hacia su trabajo del neumático en la puerta, salí de pelea con un chico y lo golpeé mucho y él se fue para su casa, una urbanización nueva y vecina nuestra. De pronto veo un tumulto de gente y delante venia un tipo sin camisa y con actitud de pelea. Yo no tenía ni idea del problema, me acerqué y fue cuando oí que el tipo reclamaba porque yo había golpeado al hermano menor y parece que intimidaba a mi papá que ni siquiera se mosqueó. En eso, salió mi abuela Felicia (la mamá de él) con tremendo machete, echó un par de jotas, rozó el machete en el piso y la desbandada fue total ¡no quedó ni uno! Mi papá siguió cortando su caucho.

En una ocasión salí de pelea con Lelis y nos dimos puño delante de papá y mamá que estaban sentados en el patio, Lelis quería pegarme por algo que yo no hice y no me dejé; en un momento en que nos separamos mi papá le dijo a Lelis: ahora dele una limpia con la correa. Yo no esperaba esto. Mandó que me castigaran no por lo que había hecho sino por pegarle a mi hermano mayor y faltarle al respecto delante de ellos; así que sin decir nada y muy sumiso dejé que me azotara, pero yo seguí herido y dije que me las desquitaría.

Lelis con mucho sacrificio había comprado un par de zapatos cuatro coronas que eran de lo más fino en esa época, tomé una cuchilla de afeitar y se los tasajeé en venganza, eso me costó otra monda y bien buena. Tiempo después, de verdad, lamenté mucho este episodio, no debí nunca llegar a ese extremo.

Mi papá usaba sombrero de fieltro, tenía dos, uno de diario y uno dominguero. En una fiesta de toros yo me llevé el sombrero para la plaza a chicanear con él, pero un desgraciado que iba en un bus que pasó junto a mí me lo quitó y yo no pude alcanzarlo. Duré asustado
como una semana y todos los días me ponía a observar la gente con sombrero para ver si veía el de mi papá, nunca apareció y no me acuerdo en que quedó ese cuento. 
Él hablaba mucho con un vecino de apellido Castel y en una Semana Santa mi mamá había preparado unas cuatro libras de dulce de ñame en un caldero, cuando se presentó mi hermano Lelis en un campero y se llevó a mi mamá y a mis hermanos para Severá, yo me quedé con mi papá. Mi mamá había guardado el caldero de dulce debajo de su cama y yo pensaba en la pisa que me iba a dar, puesto que ellos para donde iban lo que sobraba eran dulces. El vecino nos invitó a comer en su casa, costumbre normal en Semana Santa, y se sentaron a charlar (la charla más larga del mundo), luego pasamos al comedor pero como era de visita todo lo servían muy poquito y yo pensaba más en mi caldero. Al fin nos fuimos para la casa pero en ese momento llegaban Eduardo y otros hermanos para avisar que el carro había tenido problemas y que se fueron en un barranco. Total, el paseo fracasó y mi pisa de dulce también.

Recién llegado a la segunda casa inicié mis estudios de primaria en un colegio cerca del barrio, ahí hice primero y parte del segundo de primaria. En estos dos años nunca tuve conciencia de lo que hacía, estudiaba porque sí. En el segundo año tuve algunos problemas y realmente no me adaptaba al colegio. Primero peleé con un muchacho que era muy temido por todo el mundo, no porque peleara mucho sino por su hermano que parecía un Mike Tyson. Salimos a recreo y algo pasó y me agarré con el chico y lo fregué; todos los alumnos quedaron asombrados por lo que yo había hecho, o mejor, por lo que me iba hacer el hermano. Nos llevaron a la dirección y nos pararon uno en cada esquina de la oficina.

Duré varios días que cuando salía de clases yo pegaba una sola carrera hasta mi casa que quedaba en dirección opuesta a la de los hermanos en cuestión. Eso quedó pendiente porque yo me salí del colegio. Nunca supe en que momento empecé a jugar fútbol, pero lo hacía muy bien. Mi hermano Eduardo hacía quinto de primaria en la escuela Anexa a la Normal “Guillermo Valencia” que quedaba algo lejos de la casa y cerca del mercado. Ahí tenían un equipo de fútbol y Eduardo jugaba en el equipo, el entrenador era el profesor Nieto, profesor de primero. Un día aparecí en ese colegio, para llevar una razón a mi hermano; el equipo estaba practicando y yo me metí, parece que impresioné a todos por los comentarios que escuché y mi hermano habló con el profesor para ver si me daban cupo, y se consiguió pero para primer año. De ese equipo no recuerdo nada porque entonces sí que encontré interesante el estudio. En el curso había un niño que era el preferido del profesor y el mejor de la clase, de apellido Cordero, y se constituyó en el primero de muchos retos a vencer en el futuro.

Terminado ese año, la escuela se mudó a un barrio cerca de mi casa y desde entonces tenía dos pasiones: el fútbol y el estudio. Inicié el segundo año con un profesor chocoano de apellido Murillo, muy buen profesor. Cordero empezó a bajar la guardia pero apareció otra rivalidad, un vecino del barrio llamado Pedro Gutiérrez, buen estudiante pero me pareció siempre muy delicado. Había otro muchacho llamado Heliodoro Blanco que también fue un buen alumno y rival en asuntos de estudio y compañero de deportes, pero no preciso cuando apareció él, si en el segundo año o después. Así fui avanzando al tercero, cuarto y quinto; pero en el quinto, como para el mes de abril me retiré. Mi papá había muerto y en la casa se pasaban muchas necesidades. Se inició un censo nacional de población y pagaban muy bien a los empadronadores. Me fui con dos amigos del barrio que habían abandonado el estudio también, Blas Pérez y Nelson Cabarcas. Después hablaré de esto. Total, regresé como a los tres meses, compré alguna ropa y me reintegré al estudio, ya habían avanzado mucho pero me esforcé y terminé mi quinto de primaria con diploma de honor y todo eso. Cuando hacía quinto elemental yo tenía ya catorce años si mal no recuerdo. Tenía un problema con la ropa; en esa época hasta esa edad se debía usar pantalones cortos pero yo me estaba pasando de edad y me molestaban mucho por las piernas a juzgar por los comentarios de las chicas, pero no había plata para comprarme pantalones largos. Ya empezaba a fijarme en las chicas y me daba cuenta de las precarias condiciones de mi ropa, fue una de las razones por las que me fui a censar.

La escuela quedaba como a cuatro cuadras de la casa y eso no me gustaba, por lo que salía más temprano y me iba hasta otro barrio para dar una vuelta más larga ¡Tontería más grande!

Pienso que si hoy día se procediera como se hacían las cosas en esa Anexa hubiera mejores estudiantes y maestros, sin que con esto quiera decir que todo tiempo pasado fue mejor. Por ejemplo, se regalaba un desayuno completo: un pan grande, una torreja de queso, una taza de café con leche, a veces una fruta.

Teníamos un director de grupo y en ocasiones hasta tres profesores más: un practicante de quinto o sexto de la Normal que duraba uno o dos meses en el aula dando clases, otro practicante de cuarto que duraba como una semana, otros practicantes que daban una sola clase y por lo menos uno más que chequeaba clases. Así se formaban los profesores. En ocasiones sacaban un curso al patio para dar una clase y en los pasillos se ubicaban todos los profesores de la Anexa, todos los profesores de la Normal y todos los alumnos
practicantes de los últimos años a observar la clase y después a debatirla. Realmente en esa época un profesor tenía una sólida preparación.

En el segundo año el examen final lo hizo el profesor Murillo oral y con los acudientes en el aula para que lo observaran. Cuando hacía el tercero nos solicitaron para una clase de naturales sembrar una planta, yo sembré una de plátano porque esa es muy segura y de que nace, nace; un compañero de apellido Córdoba (el loco) sembró una mata de ajo o de cebolla, no recuerdo bien, y todos los días le echaba hielo alrededor dizque porque era de clima frío, y lo recuerdo porque yo le ayudaba a tomar un vaso de chichemen (chicha), una especie de avena, para tomar el hielo. ¡Y le floreció!

Durante el cuarto y quinto año me metí de ayudante al comedor escolar. Ahí mitigaba un poco el hambre, por los tremendos filos que pasábamos en la casa. Como vivía cerca llegaba temprano y ayudaba recibiendo la leche y demás cosas. La leche venía entonces en botella y no era tan descremada, así que al quitarle el sello este venía con una torreja de crema como de 1 cm de espesor que con un pan era muy delicioso. Mi compañero Pedro Gutiérrez también hacia otro tanto.
Del grupo que terminaron conmigo el quinto pocos seguimos para la Normal, solo recuerdo a Pedro y a Heliodoro Blanco, muchos se fueron para el colegio nacional de bachillerato José María Córdoba.

Referente a mis estudios puedo decir que yo fui un excelente estudiante y no porque me lo propusiera o porque me acosaran en mi casa a serlo, sino que sencillamente tenía la facilidad de leer sobre algo y retener esa lectura, por eso mi mamá nunca me dijo que tenía que estudiar porque siempre iba bien en el colegio, sacaba buenas notas y terminaba mis cursos con diplomas y menciones honoríficas.

El resto de mi infancia y mi adolescencia la viví en la segunda casa del barrio Obrero, como ya cité. Era un barrio muy pequeño de unas seis manzanas y quedaba retirado del centro, fue el primer barrio en esa zona, así que todo el mundo se conocía y la muchachada se dividía por edades: estaba el grupo de mi hermano Lelis, por ahí por los 20 años o 25, el grupo de Eduardo que seguía al anterior, el grupo mío y el de mis hermanos menores Jerónimo y Carmelo.

A la entrada del barrio había una gasolinera, de una familia Posada y ahí todas las noches se reunía el grupo de Lelis y una de las diversiones era poner a pelear a los menores. Otra diversión era jugar al tren o coger a un chico que por alguna razón la debía, lo agarraban entre varios le echaban tierra en las nalgas y lo tiraban en una zanja de agua. Una noche llegué a buscar a Lelis y este me agarró por la mano y escuché cuando dijo: aquí está mi gallo, y de pronto veo que al Bizco me lo ponen al frente y me fue encendiendo a patadas, yo me armé enseguida y nos dimos una puñera de padre y señor mío; descansábamos, nos echaban fresco y otra vez a pelear. Lelis me dijo que él ganó porque recogió como 20 centavos y yo solo 10, de alguien que se compadeció. Pero eso no quedó así, al día siguiente me lo encontré ahí mismo, enganchamos y entonces fui yo quien lo levantó a puño hasta que fue bueno. El Bizco era bueno tirando puño pero desde esa vez siempre me respetó.

Parece que yo era muy bravuconcito, pero creo que era una manera de defenderme por mi baja estatura. Para un 11 de Noviembre, cuando todavía en Montería festejaban esta fiesta cartagenera, iba yo vendiendo helados por la avenida primera a orillas del río y me topé con aquel Mike Tyson y resolvimos la cuestión pendiente. Yo no lo reconocí porque venía con un disfraz de diablo. Ese disfraz lleva unas uñas que se hacen con tapas (checas) de gaseosas y este disfrazado empezó a rayarme con las uñas, yo me emberraqué, le quité la máscara y se la tiré al río y ¡ay Mamá, si era mi culebra! Bueno, se armó Troya y a este también lo levanté a puño físico.

En la plaza en frente de la casa instalaron la estatua de una virgen y ese sitio se convirtió en el punto de reunión preferido de mi grupo. Al barrio había llegado la familia Tirado y uno de los hijos “toño el terete” (Antonio) fue hasta la virgen, quizá tratando de hacer amigos y yo empecé a mamarle gallo hasta que el tipo se emberracó y nos fuimos a los puños, era más alto que yo y más fornido y por más que intentaba pegarle siempre me cascaba; a pesar de que llegó Eduardo corriendo a ver qué pasaba y a animarme, no pude, me dieron la guantera de mi vida, quedé hinchado por estar buscando pelea, por eso dice el refrán: el que busca la pelea, pierde.

Una vez mi mamá me mandó a comprar carbón, yo regresaba con mi lata y vino un muchacho que vendía cebolla y no sé por qué me pateó la lata y regó el carbón, él era más o menos de mi talla, así que yo le pateé el saco de cebolla y se las regué, enseguida me levantó a patadas y nos agarramos, llegó Eduardo y quiso quitármelo porque le estaba dando una, pero yo estaba ciego y creo que le pegué más de la cuenta porque el pobre muchacho lloraba y quería irse corriendo.

Había un muchacho que murió muy joven, de apellido Paternina (el gordo) y le decíamos “el aguajero” porque cuando regresaba de Cartagena donde estudiaba se las picaba mucho. Una vez toda la gallada nos bañábamos en el río y jugábamos a la lleva, él me tocó los fundillos y ese juego yo nunca lo acepté, como tampoco que me dijeran “hifueputa” -mentar madre- así que quedamos casados para después del baño, los compañeros azuzaban diciendo: quien pisa la raya primero; nos agarramos y éste fue otro que mordió el polvo.

El caso de esas peleas era que no importaba cuántas veces al día uno peleaba, en la tarde o al día siguiente ya nos hablábamos, nunca dañamos una relación por estas peleas. La cuestión era no dejarse y cada cual se iba ubicando y sabía con quién podía alzar la voz.
A medida que crecíamos, las galladas del barrio se fueron dividiendo entre los de aquel lado y los de este lado, o sea, los del grupo mío, pero todos seguimos siendo amigos; la división era para poder jugar y hacer dos equipos y la competencia fuera más interesante, jugábamos béisbol y fútbol.

En Montería todo el mundo tenía una cicla, o por lo menos había una en cada casa, así que los sábados por la tarde que no teníamos clases practicábamos ciclismo. Yo fui pésimo en este deporte, nunca llegaba ni a la mitad del recorrido de ida. En cambio un vecino mío, Vicente Cabrales, siempre era el ganador. Él era un gran ciclista, lástima que en Córdoba en ese tiempo el estado muy poca atención ponía a los deportistas. Vicente logró participar en competencias mayores e incluso una vez me enteré que logró correr algunas etapas en la vuelta a Colombia.

Cuando íbamos al río jugábamos a la lleva y al “ratón” (Rafael Arenas) jamás lo capturaban, ese chico podía durar dos horas en el agua sin salir y hablo de nadar en el río donde hay que tirar brazos constantemente para no ser arrastrado por la corriente. En este deporte sí que fui pésimo, yo era el primer capturado, nunca aprendí a nadar bien; si para salvar mi vida me toca nadar diez metros, seguro que me ahogo.

Estos baños en el río nos estaban prohibidos, íbamos a escondidas y para que en la casa no nos detectaran que habíamos estado allá nos echábamos tierra en los brazos. Mamá me pasaba las uñas por el brazo y si quedaban marcas en la piel me ganaba mi cocotera por ir
al río. Yo adoraba ir al río a bañarme, a pescar con varita o a caminar y ver la corriente, creo que por eso el río me perdonó de tragarme. En verano el río baja su nivel y aparecen playas y por una de estas, cerca del hospital San Jerónimo, me crucé el río con un vecino, Alfredo De Oro (el mayupato). Ninguno de los dos sabíamos nadar bien. En la playa nos encontramos con otro vecino, Carlos Racini a quien en esos días yo no le hablaba, por lo que ellos dos marchaban adelante y yo detrás caminando por la playa con agua a la rodilla, cuando inexplicablemente me hundí, no sé cómo pero me sucedió, quedé con el agua por la cara, sacudía los brazos y pedía auxilio pero ellos creían que les estaba mamando gallo. En ese lugar el río gira y forma un remolino y éste me arrastró, yo veía como pasaban cosas girando frente a mí, hojas, palos, basura, etc., quería gritar pero cada vez que lo hacía tragaba mucha agua. Puedo jurar que en ese breve tiempo por mi mente pasó toda la película de mi vida, hasta que me cansé y me abandoné a mi suerte, no recordé nada más, hasta que desperté y me vi tendido en la arena y un tipo sobre mí que hundía sus manos en mi barriga, me levantaron y escuché cuando alguien dijo: ¡levántalo a correa! Estaba desnudo ya que había perdido la pantaloneta y observé del otro lado del río el tumulto de gente, así que cogí la ropa y me fui con mi amigo Alfredo.
Yo me hundí dos veces, la primera vez el remolino me botó a la superficie, en ese momento recobré el conocimiento, escuché los gritos de mi amigo pidiendo auxilio. Carlos Racini se había tirado a rescatarme y me traía prendido del cabello, por supuesto que en esa
época tenía y bastante, creo que del tirón fue que lo perdí. Pero me faltaba el aire, no pude más y le agarré por la mano, saqué la cabeza del agua y respiré pero él me soltó y me hundí otra vez. Afortunadamente, según me contó Alfredo, de tres canoas una estaba sin candado así que la soltaron y esperaron que el remolino me botara otra vez. Por eso digo que el río me perdonó.

A veces nos bañábamos cerca del puente y colgábamos una cabuya en lo más alto de un árbol, nos impulsábamos y “chuputdún” al agua, eso era muy emocionante. Otros subían al puente y desde lo más alto de éste se lanzaban al río, yo nunca me atreví hacerlo.
El remolino donde estuve a punto de ahogarme, todos los años en verano cobra algunas vidas porque entre los muchachos si alguien dice que sabe nadar tiene que demostrarlo pasándose el río por ahí, y a pesar de que teóricamente todos sabemos cómo debe nadarse sobre el remolino en la práctica es diferente. Usted debe tirar dos o tres brazadas, parar y dejar que la corriente lo arrastre un poco y después repite.

Cuando jugábamos béisbol, en el equipo mío yo era la estrella, bateaba muy bien y hacía de catcher, posición donde practicaba la perrería de sacar la pelota antes de que la batearan y lo hacía porque tenía buena vista y reflejos, pero un día me dieron un batazo en la mano y nunca más volví a ser el buen jugador de pelota, ya que siempre cerraba los ojos antes de recibir la bola. Nosotros jugábamos con pelotas hechas por mí, aunque otros también hacían. Nos conseguíamos una bola pequeña de caucho –spolding- y le enrollábamos hilo, capa tras capas, luego esparadrapo y teníamos una bola de béisbol. Los guantes los hacía con lona de las que se quitaban a las camas de tijera porque ya estaban muy viejas. Con frecuencia los dos lados nos reuníamos para ir a jugar con otro barrio como Colón o Granadas.

En este barrio había una familia, Salguero, con dos hijos que siempre fueron temidos por los demás porque eran muy buenos para tirar puños, el “negro” y el “indio”. El “indio” era de mi edad pero nunca llegamos a pelear, yo lo respetaba y estoy seguro que él a mí también. Cuando íbamos a jugar béisbol con su barrio siempre el juego terminaba en peleas y ellos nos correteaban para pegarnos. El grupo mío tenía muchos pelaos que parecían medio pendejos o cobardes en ese sentido. Solo Toño el terete, el loco Homogono, el Bizco y yo sacábamos pecho para defender nuestra plaza.

Los domingos en la mañana en el callejón donde vivíamos antes, los muchachos jugaban un juego de cartones llamado “Hágase Rico”, yo nunca lo entendí y la verdad es que no me gustaba mucho ir a ese callejón, porque vivían señoras muy respingadas que se hacían odiosas, como las hermanas de Daniel -el Bizco- las hermanas de Fernando, las hermanas del Ratón, en fin yo no me sentía bien ahí. Cuando ya me casé compré un juego de estos y sí, es muy interesante.

Practiqué boxeo muchas veces y de verdad era bueno en esto. El señor Tito Cabrales, un vecino y padre de Vicente, organizaba reuniones de boxeo frente su casa y casi nunca encontraba contrincante para su hijo Vicente que mostraba ser un joven muy atlético; yo siempre que podía me dejaba caer por ahí y cuando el señor Tito preguntaba quien quería boxear con su hijo, salía yo y a Vicente no le hacía mucha gracia porque siempre le daba su “mojocera”.

Dos veces me cascaron boxeando, una vez a orillas del río y la otra en un gimnasio. En la orilla del río nos encontramos con un chico que yo no conocía ya que su familia se había vinculado hacia poco al barrio y ellos realmente no vivían allí. Preguntó quién quería boxear y nadie quiso, en vista de lo cual yo salí al frente. Me calzaron dos guantes viejos y cuarteados ¡Madre mía, qué limpia me dio ese desgraciado! Cada vez que yo quería mandarle el jack él me lo colocaba en la frente, al cabo de unos minutos yo tenía la cara como un tomate. Todavía es y cuando pienso en ello me gustaría desquitármela. Años después me enteré que el sinvergüenza era un boxeador veterano. Era hermano de un cuñado mío, Johnny Ospino. La segunda limpia me la dio una chica que practicaba boxeo, hermana de un boxeador famoso de Montería llamado Enrique Higgi. Llegué al ring donde su papá entrenaba boxeadores a ver las prácticas y la niña solicitó un colaborador para
hacer guantes y yo me ofrecí, para qué le cuento ¡No vi una!

De mis prácticas de fútbol si tengo bastante que contar y con mucho orgullo. De esos juegos en el barrio una vez fui con mi amigo Heliodoro Blanco a ver un señor que estaba armando un equipo y nos ofrecimos, nos aceptaron. Fue una alegría tremenda porque nos dieron pantaloneta y camiseta, imagínese, cuanto lujo. El equipo se llamaba “Talleres Sarmientos”. Mi amigo resultó ser un jugador regular, pero ahí conocí un muchachito menor que yo, tenía como 13 años, pero que belleza de jugador, en las 18 del arco
contrario era un diablo sacando gente, su cuerpo menudo se movía como espigas de trigo en tempestad. Era de apellido Habacuc. Él, que también estudiaba en la Normal y en el mismo curso mío, con Blanco y yo, hicimos un trío sensacional que por tres años dimos de que hablar con el equipo nuestro.

El entrenador oficial de la liga era un señor de apellido Cotes y él sentía mucha admiración por mí, por mi juego, y siempre quiso que yo jugara en su equipo pero nunca lo hice. Su equipo practicaba en la plaza grande de Montería y la verdad es que el personal que llegaba ahí y del equipo no me era muy simpático, eran gentes muy “recocheras”. Sin embargo, siempre que había compromisos de selección Córdoba juvenil, él me llamaba a lista. Así pude ir a jugar a Magangué contra la selección de Bolívar, A Barranquilla también fui a jugar y en Córdoba fui a Sahagún, San Antero donde jugamos con la selección de este municipio que tenía un jugador que incursionaba en equipos profesionales, creo que el Cúcuta o el Bucaramanga, él era el orgullo de ese pueblo. También fui a Lorica y Planeta Rica.

En Sahagún la cancha quedaba sobre una loma bastante alta, tanto que a los lados ponían caballos para ir a buscar el balón cuando se salía del campo. En una ocasión nos levantaron el bus a piedra cuando ya salíamos del pueblo. En San Antero nos pasó algo curioso. Todos los del equipo eran muchachos de barrios, muchos ni siquiera sabían leer y algunos con muy mala educación. De manera que el partido era a las tres de la tarde y sirvieron el almuerzo a la una o una y media, en fin, nos pusieron una olla bien grande de arroz apastelado como para 50 personas y éramos como 20, tampoco dijeron si el equipo local iba a comer de ahí, así que todo el mundo comió y repitió como dos o tres veces y a la hora del partido no podíamos ni movernos, eso no atajábamos a nadie ni éramos capaz de correr sino metros, nos golearon y también nos levantaron a piedra, no sé por qué si ellos ganaron ¿Sería porque los dejamos sin comida?.

En Magangué yo viví un hecho fantástico, perdimos el partido 2 por 1 pero fue tremendo partido, yo jugué excepcionalmente y algunos fanáticos se saltaron la malla y me cargaron en hombros.

Yo jugaba en el medio campo, era la posición que más me gustaba ya que como defensa o delantero me sentía muy incómodo. Viendo jugar a Lozano y al Pibe Valderrama (selección Colombia) me acuerdo de aquellas gestas mías, pues tenía la visión de Lozano para estar justo en el lugar preciso para cortar pelotazos y cuando tenía el balón la frialdad para mantenerlo y ubicar ese pase gol del Pibe. Y no estoy mintiendo. Recuerdo un partido de final en la cancha de la Normal entre mi equipo Talleres Sarmiento y Juventud del señor Cotes, donde jugaba un muchacho muy espigado y atlético de apellido Rada, que en mi concepto era muy buen jugador, excelente más bien, pero que también se disipó por no tener Córdoba ligas deportivas estructuradas, en ese tiempo, claro está. Yo no dejaba pasar ni un solo avance del Juventud y realmente los tenía apabullados, pero mis compañeros tampoco habían podido meter un gol. El señor Cotes hizo un cambio en su equipo y metió al joven Rada que enseguida me espetó: vamos a ver cuál es tu vaina, a ver si a mí me la vas a quitar. Por supuesto que el Juventud mejoró pero aun así ganamos el partido.

En el equipo del Seminario también había un jugador excepcional llamado San Marcos, no sé si ese era su apellido o si era de ese pueblo. Era muy joven, como 15 años, muy alto y fornido. Al igual que Habacub y Rada eran delanteros. Me respetaba y admiraba mucho, varias veces me dijo que me buscara un mejor equipo, que si quería podía jugar en el seminario. 

Una vez fui con los muchachos del barrio a bañarnos al río y de regreso pasamos por un barrio nuevo y de gente adinerada, Buenavista; unos jóvenes practicaban fútbol, mis compañeros siguieron y yo me quedé viendo y después me integré al juego. Ellos vieron mi juego y se interesaron en mí, me propusieron que jugara con ellos y que me darían uniforme completo y tacos, además me recogerían y llevarían a mi casa en carro el día del partido.

Mire usted eso, cuanto ofrecimiento para mí, hasta pedí un suspensorio y me lo dieron. Me sentí el jugador más afortunado del mundo. Pero había un impasse, el equipo era de mayores pero aun así me ficharon. Ese domingo inauguraban la cancha del barrio La Granja y el partido oficial era entre el Ejército y el Once Buenavista, mi nuevo equipo.
Alrededor del campo había mucho público. Se inició el partido y yo muy emocionado no veía el momento de tocar la pelota; como a los cinco minutos salió un balón en forma diagonal, yo salí a buscarlo y un soldado también, simultáneamente ambos pateamos el balón, yo alcancé a verlo que salía disparado como un balón de rubby del “zipotazo” que le dimos, esto lo vi mientras volaba por el aire, pues yo también salí disparado y cuando caí, rodé como dos metros. El árbitro llamó a mi capitán, me sacaron, no estaba lesionado, pero me sacaron del partido, nunca me había sucedido. El miércoles siguiente comunicaron al equipo que yo no podía continuar porque no daba el peso para la categoría.
Salí seleccionado una vez para un campeonato nacional juvenil en Pereira (de ese campeonato salió Víctor Campaz, jugador que incursionó por Europa, en el Ayak de Holanda) pero me sacaron por la estatura y el peso.

El fútbol fue mi pasión. Para mí no había emoción más grande que escuchar el pitazo de inicio del partido. Parar el balón con el pecho o el taco, saber que el compañero se está desmarcando con la seguridad de que yo le ponía el balón preciso en sus pies; son emociones indescriptibles, saber que ese pase mío era un gol me emocionaba más que si lo anotaba yo.

Cuando llegué a Cartagena a estudiar electrónica tuve la oportunidad de continuar con mis estudios formales y con el fútbol, ya que del colegio Liceo de Bolívar supieron de mis condiciones futbolísticas por mi hermano Jero que también llego ahí de Montería. Yo rechacé la oferta pues me metí de lleno en mis estudios de electrónica.
Cuando hablo de mis proezas en el fútbol no me creen y en dos ocasiones me ha tocado ir al campo a demostrarles si realmente jugaba: una vez en Puerto Colombia con mis alumnos de electrónica y otra vez con mi familia en un partido familiar.

PD: le invito a leer la tercera parte y por favor deje su comentario.

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